martes, 25 de octubre de 2011

Nueva Zelanda sobrevive al orgullo francés y se lleva la Copa del Mundo

          Resuena la Haka, atronadora, en el Eden Park Stadium de Auckland. Los All Blacks desafían con autoridad a Les Bleus, que aceptan el intercambio y se acercan con miradas encendidas y paso altivo. Todo dispuesto para la mayor batalla del planeta rugby: la final de la Copa del Mundo.
          Francia, de blanco impoluto, salió con la lección bien estudiada: no perder el partido en la primera parte y llegar vivos para tratar de ganarlo en la segunda, cuando Nueva Zelanda sintiese la pesada losa de la historia –hace 24 años que no gana un mundial- y le empezasen a flojear las piernas. Así lo hizo y casi lo consiguió, pero los locales tiraron de oficio para amarrar un partido que estuvo emocionante hasta el último segundo.
           La sofisticación de juego All Black y el elegante rugby-champán galo cedieron el protagonismo a la lucha sin cuartel, al pelear por cada metro del campo y por todas las conquistas de balón. Brega en estado puro sostenida por altísimas dosis de testosterona y adrenalina. Las huestes neozelandesas se batían para demostrar su teórica superioridad e imponer su infernal ritmo de juego; las tropas francesas buscaban su particular Revolución.
           Nueva Zelanda golpeó primero merced a un magistral lanzamiento de touche que permitió ensayar al mastodóntico Tony Woodcock. El combate continuaba sin tregua. Hubo varios errores en los lanzamientos a palos hasta que por fin Stephen Donald, que salió sustituyendo al lesionado Aaron Cruden, puso un 8-0 que parecía definitivo. Los galos abandonaron su indolencia para sacar toda la casta y calidad que habían tenido ocultas durante todo el mundial. Hicieron temblar los cimientos de la defensa neozelandesa hasta que lograron anotar y colocar un 8-7 a falta de media hora por jugarse.
           Con este resultado los franceses olieron sangre y abandonaron cualquier prudencia para lanzarse con todo a por el partido. Los All Blacks sufrían por primera vez en todo el mundial, y se limitaban a frenar como podían el ataque masivo de sus rivales. Un fantasma parecía haberse apoderado del alma de los locales, cuyas caras de angustia chocaban con los rostros enardecidos de los europeos.
           Cuando todo parecía perdido apareció Richie McCaw, el Gran Capitán All Black, que llamó a filas y puso orden. A falta de 5 minutos para el final del encuentro los delanteros de negro agarraron la almendra y la guardaron a base de cabezazos forzando a los galos a cometer faltas. El acierto kiwi y la desesperación francesa propiciaron que el partido muriera ahí y Nueva Zelanda pudiera proclamarse, por fin y merecidamente, Campeona del Mundo.

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