viernes, 2 de noviembre de 2012

La cuestión española

España es un país de profundos contrastes. La marcada tendencia bipolar de su sociedad, tan entusiasta del 'todo o nada', ha generado en no pocas ocasiones extraordinarios seísmos en los cimientos socioeconómicos de la nación. La monstruosa crisis financiera que azota al mundo entero se ha cebado especialmente con el Estado español, que pasó en pocos años de creerse muy rico a saberse muy pobre.

Semejante desbarajuste coyuntural no ocurre por generación espontánea. Una combinación de desafortunados factores provocó que España, el miembro de la Unión Europea con mejor ritmo de crecimiento económico a principios de los 2000, viaje ahora en el vagón de cola del tren europeísta. La insultante cifra de paro, la incapacidad de los dos últimos gobiernos, el nacionalismo más feroz y egoísta y el descontento generalizado del pueblo sitúan al país al precipicio de una explosión social.

A toro pasado, es ventajista realizar cualquier análisis o reproche. Sin embargo, no por ello conviene obviar los errores del pasado, ya que en caso contrario, existe un elevado riesgo de volver a cometerlos. La historia, como es bien sabido aunque algunos se empeñen en olvidarlo, es cíclica. Con el pasado del pueblo español durante el siglo XX, a excepción de la ejemplarizante Transición, es para echarse a temblar.

El incoherente modelo educativo de las cuatro últimas décadas se ha erigido como uno de los principales agentes causantes de la situación actual. Desde el año 1975, hasta siete veces ‒contando con la que aún se está pergeñando‒ se ha modificado la legislación educativa. En cuatro de estas ocasiones, los arreglos realizados afectaron al currículo; en las otras tres, a aspectos organizativos. En este sentido, ocurrió que cada ley nueva significaba un borrón y cuenta nueva en lugar de una evaluación pormenorizada de los aspectos positivos de la anterior propuesta para a partir de ahí, trabajar. A pesar de estos esfuerzos y cambios, propios de una democracia, y con mayor o menor acierto, todavía no se ha encontrado una fórmula que satisfaga a todas las partes y acabe con el habitual 'y tú más' bipartidista.

Esta algarabía educativa ha desembocado en que la sociedad española presente una estructura a nivel de formación que se antoja insostenible. El estamento que incluye a las personas con baja cualificación es mucho más numeroso de lo ideal. Asimismo, el grupo poblacional que presenta formación universitaria es también ampliamente superior a las necesidades de la sociedad. Sin embargo, existe un gran vacío en el conjunto de gente con formación media o superior no universitaria. La ciudadanía española tradicionalmente ha tendido a infravalorar a este tipo de profesional, cuya preparación es sobresaliente. Este colectivo resulta muchas veces más útil y eficiente para una empresa que el universitario, con una formación que suele pecar por excesivamente teórica y abstracta.

En materia educativa también se cometió un error, a juicio del escritor, que a la postre resultó perjudicial para la buena marcha del Estado. En el año 1992, el Presidente del Gobierno, Felipe González, y el líder de la oposición, José María Aznar, firmaron una concesión de hasta 32 competencias, incluida la Educación, a las Comunidades Autónomas. Esta medida, cuyo objetivo principal era facilitar la adaptación del currículo a las características del alumnado español y de esta manera mejorar la calidad de la enseñanza, desencadenó en una torre de babel en el seno del país. Muy probablemente, parte del nacionalismo radical, en rabioso auge en estos días, tenga su origen en jóvenes adoctrinados en lugar de educados.

Afortunadamente, la sociedad española sigue siendo ejemplar en muchos aspectos, luchadora y capaz de sobreponerse a las diferencias más graves. España es un país extraordinariamente plural y rico culturalmente y, entendiendo esta circunstancia, la educación debe convertirse en un arma capaz de hacer más fuerte a la nación, y no de debilitarla.

viernes, 27 de julio de 2012

El bozal... ¿para el perro?

Madrid. Ciudad de tiberio y algarabía. Capital de España. Un lugar en el que los sueños pueden hacerse realidad, o donde fracasar estrepitosamente. Porque Madrid, si de algo adolece, es de su falta de compasión. El día a día es duro en la gran urbe. Sus habitantes sobreviven como pueden entre prisas, agobios y obligaciones, sometidos a una presión constante. Sin embargo, esta metrópoli -la tercera más populosa de Europa- esconde un oasis magnífico en pleno centro urbano: el Parque del Retiro.

Este majestuoso parque, cuyos primeros jardines datan de 1630, supone tanto un pulmón para la asfixiada y contaminada población, como un respiro espiritual para los ciudadanos y turistas. Pasear por este espacio constituye un placer en sí mismo. No hay prisas. Hasta los oriundos, los madrileños, son menos antipáticos allí. Los transeúntes pueden disfrutar de un paraje único. Un café, un refrigerio, una caminata, algo de futin...

Andaba yo con mi perro -un magnífico ejemplar de pastor alemán, y de carácter dócil y equilibrado- por aquella zona. Compartimos una agradable excursión por el Retiro, y me disponía a volver a casa. Observé que en una de las salidas, una mujer, micrófono en mano, voceaba sin escrúpulos: "¡¿Quién no ha pisado nunca una caca de perro?! ¿Quién?". Ante tales alaridos y esperpéntico espectáculo, un servidor optó por ser discreto y alejarse de semejante foco de atención. Pero aquella mujer, cuyo nombre no pienso mencionar (porque no voy a darle ese placer), acompañada de un cámara -un idiota que no paraba de sonreír mientras me enfocaba a un palmo de la cara- se abalanzó sobre mí bramando: "¡Este perro no tiene bozal! ¡Incumple la normativa!". Me agarra el brazo, me pone el micrófono en la boca y continúa con la encomiable tarea de avergonzarme en público. Mi interlocutora, claro, desconoce que el bozal es sólo obligatorio en el caso de perros potencialmente peligrosos o aquellos que por sus antecedentes, temperamento o naturaleza así lo aconsejen. El pastor alemán, a pesar de su tamaño, majestuosidad y aspecto lobuno, no se ve afectado por esta norma. Con la correa es suficiente. Y así iba él. Caminando a mi vera, conectados por una correa bien firme.

"No quiero que me grabes, por favor", le indico al cámara. Qué inocente. Ellos lo que quieren es que me moleste, que salte y le agreda para así tener más porquería que vender. La cadena televisiva, que no mentaré, es celebérrima por su programación basura. En fin. La individua con micrófono vuelve a la carga: "¡Y dónde está la bolsa para las cacas! ¡No la llevas aquí! ¡No recoges las cacas!". Intento defenderme de su aplastante capacidad lógica: "La llevaba hasta hace un rato. Ya evacuó, y lo recogí, por supuesto". "¿Y si vuelve a hacerlo?". Tonto de mí. Me quedé en blanco. Sonrió, complacida, por haberme visto dudar. Mi perro defeca una vez cada varias horas, no cada varios minutos, pero en aquel desagradable trance no se me ocurrió esgrimir un argumento tan definitivo.

Estaba desesperado. "Escucha, por favor, soy periodista", afirmo, "no quiero ser grabado, en serio". "Yo no soy periodista, soy comunicadora", sostiene. "Tú lo que eres es imbécil", pienso. Me acerco a una mujer, rubia, con gafas de sol; sostiene unos papeles en la mano mientras observa la grotesca situación. Es la directora. "Hola, por favor. Por favor. Soy periodista también. No quiero salir. Por favor". Asiente y con un escueto "vale" me tranquiliza. Respiro.

Cuando ya retomaba mi camino, aún conmocionado, pude ver y oír cómo la pseudorreportera hablaba a la cámara: "Pues ya ven, un periodista no solidario y que no recoge las cacas".

Este es el país en el que vivimos...

jueves, 16 de febrero de 2012

Sobre villanos y caballeros

Parte I

Estadio de Twickenham, Londres. La Catedral del Rugby. Francia e Inglaterra, archirrivales, saltan al campo. Rugen las 82.000 almas que llenan el coliseo al tiempo que suena el requiem Lux Aeterna. Una voz retumba en la megafonía. Pide un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de un terremoto en Nueva Zelanda, las antípodas, pero donde este deporte es religión. Casi se puede oír el ondear de las banderas. Un silbato señala el final de este momento. Ovación atronadora y empieza La Marsellesa. Cantan los franceses, enardecidos, su himno. Aux armes, citoyens ¡más madera! Los ingleses escuchan y callan, respetuosos. Les llega su turno y decenas de miles de personas entonan, emocionados, el God save the Queen. Yo diría, más bien, God save the Rugby.

Existe un viejo dicho que reza: "El fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos. El rugby, un deporte de villanos practicado por caballeros". Amén, porque los valores del fútbol empezaron hace pocas décadas una estrepitosa decadencia que ha crecido exponencialmente hasta el punto que, hoy en día, aceptamos con cierta naturalidad falacias tales como que un hombre finja una agresión que no ha recibido. Los villanos -los futbolistas y futboleros- han convertido el deporte rey en una ponzoñosa disciplina deportiva llena de jugadores engreídos y macarras. Son los deportistas que más que cobran y los que menos horas entrenan y, además, se quejan por jugar dos partidos a la semana, protestan airadamente al árbitro y le faltan, de forma ignominiosa, al respeto. Sólo en el mundo de los villanos se entiende que un futbolista llame a otro "mono" sin consecuencias o que un entrenador le meta el dedo en el ojo a un colega de profesión y quede completamente impune.

Los caballeros, sin embargo, siguen otro código de conducta. Honor, humildad, sacrificio y respeto al adversario son los principios básicos del rugby, donde siempre es más importante el colectivo que el individuo y en el que se lucha ferozmente por cada metro de terreno. Un deporte en el que, en lugar de intervenir 11 jugadores que fingen estar lesionados -al estilo villano-, participan 15 deportistas que fingen no estarlo -práctica más caballeril-. Asimismo, la agresividad y beligerancia de las que puede adolecer el rugby quedan sobradamente compensadas con la nobleza y educación de sus practicantes.

Caballeros, como digo, de pies a cabeza.

martes, 10 de enero de 2012

Español con acento argentino

«Este Balón de Oro lo quiero compartir, especialmente, con mi compañero y amigo Xavi. Es la cuarta vez que estamos juntos en esta gala. Lo merecés. Es un placer estar contigo en la cancha». Con estas afectuosas palabras se dirigió Leo Messi, mejor jugador del mundo por tercer año consecutivo, a su colega Xavi Hernández que se tuvo que conformar, una vez más, con la pedrea de estar en el podio.

El Balón de Oro vuelve a hablar español -castellano para los más suspicaces- pero con acento argentino. El producto nacional continúa en su línea de infravaloración habitual. Nuestros vecinos franceses parecen reticentes a entregar a jugadores españoles lo que -juicio personal- en algún momento merecieron.

Haciendo recapitulación histórica sólo es posible encontrar un jugador nacido en España galardonado con la  máxima distinción individual. El gallego Luis Suárez obtuvo tal honor en 1960, merced a su brillantez en las filas del Barça y la Selección. Durante el resto del siglo XX, únicamente Amancio (1964) y Butragueño (1986 y 1987)  consiguieron alzarse con el Balón de Bronce.

En la última década, el color 'rojigualdo' ha cobrado más fuerza en los premios, pero sin llegar a llevarse el  ‘gordo’. En 2001, Raúl González, en el cenit de su brillante carrera futbolística, quedó segundo en la gala por detrás del jugador inglés Michael Owen.

Más inri: Fabio Cannavaro, defensa aguerrido y tosco donde los haya, ganó el galardón en 2006 gracias a la consecución del Mundial por parte de la selección italiana. En 2008, a pesar de que España fuese la flamante campeona de la Europa, no se vistió de oro un español, sino un portugués, Cristiano Ronaldo. Fernando Torres debió conformarse con el tercer puesto y Xavi, elegido mejor jugador del torneo internacional, ni siquiera subió al cajón.

Merece una mención especial el misterioso caso del año 2010. Messi se impuso a Xavi e Iniesta en la final. El argentino es el mejor del mundo, no cabe duda, pero los dos jugadores españoles ganaron aquel año, además de la Liga con su club -el Barça-, la competición más importante y granada del fútbol internacional.   Toda la opinión pública hacía cábalas sobre si sería Xavi o Iniesta el distinguido, pero el desenlace fue bien distinto.
Gracias a Dios (o a quien ustedes quieran) Lionel Messi sí sabe de fútbol, y se acordó con el premio en la mano del grandísimo jugador que es Xavi. La ‘Pulga’ sabe perfectamente que si su rendimiento en el Barça es tan mayúsculo es gracias a la categoría excelsa de los futbolistas que tiene detrás, como son el de Terrassa y el de Fuentealbilla, que en 2011 fue olvidado.

La sonrisa de Messi, que hace que parezca un crío disfrutando de un recreo, desaparece cuando se trata de representar a su país. Con la albiceleste lleva una pesada carga que le impide ser él mismo. Sin embargo, cuando juega en España la comparte con futbolistas españoles. Los grandes olvidados.

lunes, 9 de enero de 2012

Árbitros y 'futbolería'

El esperpéntico error cometido por el colegiado en el pasado derbi catalán -obviando un clamoroso penalti a favor del Barça- invita a la reflexión. Forofismos y tramas conspirativas aparte, el nivel arbitral en el deporte  rey es, a día de hoy, calamitoso. Tirando de hemeroteca es fácil descubrir yerros manifiestos: Stamford Bridge en 2009 o el Alemania - Inglaterra en el Mundial de 2010 son claros ejemplos, entre muchos, de partidos absolutamente condicionados por las decisiones arbitrales. El fútbol permanece instalado en el pleistoceno reglamentario. Todos los deportes, incluso los más tradicionales como el tenis o el rugby, han adecuado sus reglas a la evolución natural de la disciplina. El ojo de halcón o el juez de televisión son avances tecnológicos para mejorar el arbitraje que, sin embargo, los dirigentes futboleros consideran perjudiciales para el espectáculo. Los más suspicaces sospechan que la no implantación de evoluciones de este tipo se debe a intereses ocultos de las altas esferas. Mientras tanto seguiremos viendo injusticias atroces en el balompié. Hará bien el fútbol en dejar de mirarse el ombligo y aprender del resto.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El atardecer del genio

Roger Federer es el mejor tenista de todos los tiempos. El suizo ya no compite con sus rivales; su pugna es contra la historia. Sólo un necio diría lo contrario. Ni la errónea creencia de que toda época pasada fue mejor, ni el fervor patriótico hacia el plausible Nadal deberían incidir en esa realidad. El tenis no entiende de banderas, sino de emociones.

La prensa, especialmente la española, hace ya tiempo que pretende jubilar al genio. El incontestable 17–9 en enfrentamientos directos favorecedor a Nadal  ha condicionado sobremanera la opinión de aquellos que no han visto un partido de tenis en su vida en el que no jugase Rafa, como son, dicho sea de paso, la mayoría de los españoles.

El aficionado ‘intuitivo’ demonizó a Federer calificándole de ‘llorón’, ‘acabado’ o ‘frágil’ como fruto del vía crucis que el de Basilea sufrió ante su rival manacorí, que le tenía completamente minada la moral. Atendiendo al criterio de este seguidor medio, Nadal debería estar en la actualidad cercano al retiro debido a las seis finales consecutivas perdidas frente al actual número uno, Novak Djokovic.

El elegante Roger contra el gladiador Rafa: probablemente la más bonita rivalidad en la historia de este deporte. Ninguno de los dos sería tan grande sin la figura del otro. Ejemplares dentro y fuera de la pista, han dominado durante casi una década el tenis mundial. Es solamente un año en el que no han ganado decenas de torneos y ya el gran público parece haberse olvidado de la magnitud de sus leyendas.

Federer –Nadal es aún joven- disfruta de sus últimos años de tenis. La edad, su familia y el hecho de haberlo ganado absolutamente todo le alejan cada día que pasa de la máxima competición. El genio suizo, maestro de maestros, más pronto que tarde dejará de deleitarnos con sus plásticos golpes, su manera de flotar sobre la pista o su inagotable abanico de recursos. Hasta entonces, toca disfrutar.

martes, 15 de noviembre de 2011

España y su prestigio

La selección española parece decidida a borrar de un plumazo la imagen de equipo ganador que tanto le ha costado lograr. Los últimos resultados obtenidos en partidos amistosos no invitan al optimismo. Ahora todos quieren vencer al campeón, y España no ha estado a la altura de las circunstancias en la defensa de su prestigio. El equipo rey del planeta fútbol está adoleciendo de un pasotismo inaceptable en sus compromisos contra rivales de enjundia. Argentina, Portugal -con sendas goleadas-, Italia y ahora Inglaterra ya han noqueado a la Selección desde que ésta saliera campeona del mundo en julio de 2010. No hace tanto tiempo que un país tan futbolero como el nuestro vagaba por la mediocridad más absoluta a nivel internacional. Fueron muchos los fracasos vividos antes de saborear la doble gloria que ha supuesto ser campeones europeos y mundiales. Vicente del Bosque y en especial sus jugadores no deben olvidar que cuando visten esa camiseta roja, ahora con una estrella sobre el escudo, representan a toda España.