sábado, 22 de octubre de 2011

El perfil de Fabrizio Filippi: el joven que incendió Roma

           Un coche en llamas; un extintor en el aire lanzado con intenciones poco inocentes y el ‘justiciero’ en cuestión, en medio de un clima de éxtasis y violencia. El autor del lanzamiento, pobremente camuflado por una camiseta que le cubre la cara, se muestra con el torso desnudo y actitud vehemente, y destaca entre el caos que le rodea quedando así retratado e inmortalizado, lo que supondría a posteriori su detención. Estos son los elementos de una instantánea que ha dado la vuelta al mundo.
            Atendiendo a estos hechos podría parecer que Fabrizio Filippi, también conocido como ‘Er Pellicia’ por sus llamativos bucles dorados en el pelo, es un consumado antisistema con un currículo salpicado de distintos coqueteos con la justicia por alterar el orden público. O al menos un bohemio apolítico de ideas muy diferentes a las que rigen actualmente su país. Pero no. Fabrizio Filippi es un joven de veinticuatro años, nacido en el seno de una familia acomodada, hijo de un empleado de banco y una funcionaria, y estudia primer año de psicología en una universidad privada.
            Er Pellicia, contagiado del fervor y la pasión destructora de sus compañeros indignados se dejó llevar por sus instintos más violentos y arremetió como uno más contra los agentes del orden italianos. Y como uno más habría acabado para él ese día si no se hubiese convertido en protagonista por una foto que dio la vuelta el mundo y que casi le ha señalado como el joven que incendió Roma. Este estudiante, en su versión de terrorista urbano, se ha transformado en un icono involuntario de los indignados del 15-O, y en un objetivo claro de la justicia italiana.
            A pesar de su rudimentario camuflaje fue posible su identificación y posterior detención debido a un tatuaje en el costado y a una pulsera amarilla que llevaba en su muñeca derecha. Ahora Fabrizio Filippi se enfrenta a una posible condena de entre tres y quince años.
            El joven estudiante entendió mal su derecho a la libre expresión y a defender sus ideas. Resulta loable que alguien clame ante las injusticias y alce la voz cuando se sienta víctima de ignominias, pero a su vez es deleznable y censurable que sea la violencia y el caos el método elegido para lograr estos objetivos. Filippi -y su familia- van a pagar un alto precio por haber hecho algo equivocado en el lugar y momento menos oportuno.

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