Madrid. Ciudad de tiberio y algarabía. Capital de España. Un lugar en el que los sueños pueden hacerse realidad, o donde fracasar estrepitosamente. Porque Madrid, si de algo adolece, es de su falta de compasión. El día a día es duro en la gran urbe. Sus habitantes sobreviven como pueden entre prisas, agobios y obligaciones, sometidos a una presión constante. Sin embargo, esta metrópoli -la tercera más populosa de Europa- esconde un oasis magnífico en pleno centro urbano: el Parque del Retiro.
Este majestuoso parque, cuyos primeros jardines datan de 1630, supone tanto un pulmón para la asfixiada y contaminada población, como un respiro espiritual para los ciudadanos y turistas. Pasear por este espacio constituye un placer en sí mismo. No hay prisas. Hasta los oriundos, los madrileños, son menos antipáticos allí. Los transeúntes pueden disfrutar de un paraje único. Un café, un refrigerio, una caminata, algo de futin...
Andaba yo con mi perro -un magnífico ejemplar de pastor alemán, y de carácter dócil y equilibrado- por aquella zona. Compartimos una agradable excursión por el Retiro, y me disponía a volver a casa. Observé que en una de las salidas, una mujer, micrófono en mano, voceaba sin escrúpulos: "¡¿Quién no ha pisado nunca una caca de perro?! ¿Quién?". Ante tales alaridos y esperpéntico espectáculo, un servidor optó por ser discreto y alejarse de semejante foco de atención. Pero aquella mujer, cuyo nombre no pienso mencionar (porque no voy a darle ese placer), acompañada de un cámara -un idiota que no paraba de sonreír mientras me enfocaba a un palmo de la cara- se abalanzó sobre mí bramando: "¡Este perro no tiene bozal! ¡Incumple la normativa!". Me agarra el brazo, me pone el micrófono en la boca y continúa con la encomiable tarea de avergonzarme en público. Mi interlocutora, claro, desconoce que el bozal es sólo obligatorio en el caso de perros potencialmente peligrosos o aquellos que por sus antecedentes, temperamento o naturaleza así lo aconsejen. El pastor alemán, a pesar de su tamaño, majestuosidad y aspecto lobuno, no se ve afectado por esta norma. Con la correa es suficiente. Y así iba él. Caminando a mi vera, conectados por una correa bien firme.
"No quiero que me grabes, por favor", le indico al cámara. Qué inocente. Ellos lo que quieren es que me moleste, que salte y le agreda para así tener más porquería que vender. La cadena televisiva, que no mentaré, es celebérrima por su programación basura. En fin. La individua con micrófono vuelve a la carga: "¡Y dónde está la bolsa para las cacas! ¡No la llevas aquí! ¡No recoges las cacas!". Intento defenderme de su aplastante capacidad lógica: "La llevaba hasta hace un rato. Ya evacuó, y lo recogí, por supuesto". "¿Y si vuelve a hacerlo?". Tonto de mí. Me quedé en blanco. Sonrió, complacida, por haberme visto dudar. Mi perro defeca una vez cada varias horas, no cada varios minutos, pero en aquel desagradable trance no se me ocurrió esgrimir un argumento tan definitivo.
Estaba desesperado. "Escucha, por favor, soy periodista", afirmo, "no quiero ser grabado, en serio". "Yo no soy periodista, soy comunicadora", sostiene. "Tú lo que eres es imbécil", pienso. Me acerco a una mujer, rubia, con gafas de sol; sostiene unos papeles en la mano mientras observa la grotesca situación. Es la directora. "Hola, por favor. Por favor. Soy periodista también. No quiero salir. Por favor". Asiente y con un escueto "vale" me tranquiliza. Respiro.
Cuando ya retomaba mi camino, aún conmocionado, pude ver y oír cómo la pseudorreportera hablaba a la cámara: "Pues ya ven, un periodista no solidario y que no recoge las cacas".
Este es el país en el que vivimos...