jueves, 16 de febrero de 2012

Sobre villanos y caballeros

Parte I

Estadio de Twickenham, Londres. La Catedral del Rugby. Francia e Inglaterra, archirrivales, saltan al campo. Rugen las 82.000 almas que llenan el coliseo al tiempo que suena el requiem Lux Aeterna. Una voz retumba en la megafonía. Pide un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de un terremoto en Nueva Zelanda, las antípodas, pero donde este deporte es religión. Casi se puede oír el ondear de las banderas. Un silbato señala el final de este momento. Ovación atronadora y empieza La Marsellesa. Cantan los franceses, enardecidos, su himno. Aux armes, citoyens ¡más madera! Los ingleses escuchan y callan, respetuosos. Les llega su turno y decenas de miles de personas entonan, emocionados, el God save the Queen. Yo diría, más bien, God save the Rugby.

Existe un viejo dicho que reza: "El fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos. El rugby, un deporte de villanos practicado por caballeros". Amén, porque los valores del fútbol empezaron hace pocas décadas una estrepitosa decadencia que ha crecido exponencialmente hasta el punto que, hoy en día, aceptamos con cierta naturalidad falacias tales como que un hombre finja una agresión que no ha recibido. Los villanos -los futbolistas y futboleros- han convertido el deporte rey en una ponzoñosa disciplina deportiva llena de jugadores engreídos y macarras. Son los deportistas que más que cobran y los que menos horas entrenan y, además, se quejan por jugar dos partidos a la semana, protestan airadamente al árbitro y le faltan, de forma ignominiosa, al respeto. Sólo en el mundo de los villanos se entiende que un futbolista llame a otro "mono" sin consecuencias o que un entrenador le meta el dedo en el ojo a un colega de profesión y quede completamente impune.

Los caballeros, sin embargo, siguen otro código de conducta. Honor, humildad, sacrificio y respeto al adversario son los principios básicos del rugby, donde siempre es más importante el colectivo que el individuo y en el que se lucha ferozmente por cada metro de terreno. Un deporte en el que, en lugar de intervenir 11 jugadores que fingen estar lesionados -al estilo villano-, participan 15 deportistas que fingen no estarlo -práctica más caballeril-. Asimismo, la agresividad y beligerancia de las que puede adolecer el rugby quedan sobradamente compensadas con la nobleza y educación de sus practicantes.

Caballeros, como digo, de pies a cabeza.

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